Desde lejos, aun se podía oír el tren alejándose.
No había pasos ni sonido alguno.
Jean corría en la oscuridad rozando el fieltro de su abrigo contra las esquinas que le salían al paso,y aunque ya no oía las voces de sus perseguidores, huía tan rápido que no podía sentir el suelo bajo sus pies.
La luz de las farolas pasaba por sus retinas como unos minutos antes lo habían hecho las luces de ese interminable vagón donde la vio.
Era lunes por la tarde y hacia frió al salir del trabajo.
Como todos los días salia cubierto de hollín y trozos de metal, por mucho que intentase cepillarse el pelo, allí seguían esos minúsculos trozos que le daban un tacto aspero y tosco.
Las farolas comenzaban a encenderse ya, a medida que el sol se alejaba entre las calles del puerto, y el humo de los coches se mezclaba con una neblina que empezaba a acumularse en el aire.
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